Inmigración Costamagna - Argentina

                                                                                                                            


Italia alentó la emigración hacia América como consecuencia de la miseria y el abandono que padecía buena parte de la población trabajadora del campo. La Argentina, a su vez, se benefició de esta inmigración al incrementar población y disponer de una creciente fuerza de trabajo. Para los italianos, la emigración representaba la posibilidad de conseguir empleo y, eventualmente, acceder a la propiedad de la tierra. Fue la llamada "generación de la década de los `80", cuya llegada contribuyó decisivamente al proyecto de transformar al país en un rico granero capaz de abastecer al mundo.

Principales causas de la Emigración:

1- Las guerras y conflictos derivados de la Unificación de Italia

Las sucesivas guerras y conflictos que se produjeron en Europa, particularmente durante el proceso de Unificación de Italia, provocaron profundas consecuencias económicas y sociales. La destrucción, el desempleo y la pobreza afectaron especialmente a las clases trabajadoras y a las poblaciones rurales. 

2- Las epidemias de cólera

Las epidemias de esta enfermedad, que se sucedieron durante el siglo XIX, entre ellas las registradas entre 1835 y 1855, agravaron las ya difíciles condiciones de vida de buena parte de la población.

3- La industrialización y crisis del campo

La difusión del proceso de industrialización a partir de la década de 1880 produjo profundas transformaciones en la sociedad italiana. Casi veinte millones de italianos se vieron afectadas por estos cambios y una gran parte de ellas emigró entre 1880 y 1914, periodo considerado como una de las mayores migraciones masivas de la época contemporánea, conocida como: "la gran ola de inmigración ultramarina". 

En el norte de Italia, donde la industrialización comenzó a desarrollarse con mayor intensidad, muchos agricultores quedaron sin trabajo o encontraron cada vez mayores dificultades para comercializar sus productos. A esto se sumó un fuerte desequilibrio social y una profunda crisis agrícola, agravada por la competencia de productos procedentes de fuera de Europa y por el sistema de derechos duaneros impuesto por Francia, nación que durante siglos había constituido una de las principales vías de salida para las exportaciones italianas.  

Aunque los campesinos estaban acostumbrados a soportar condiciones de vida extremadamente difíciles, muchos terminaron sumidos en la miseria, sin recursos suficientes para subsistir ni para afrontar el pago de los alquileres de las tierras que trabajaban. Esta situación favoreció, en algunos casos, los abusos de los propietarios de las explotaciones agrícolas, quienes se aprovechaban de la necesidad de los trabajadores para imponer condiciones y remuneraciones extremadamente desfavorables.

Ante este panorama, numerosos italianos se vieron obligados a abandonar su patria, impulsados por la esperanza de encontrar en otros lugares la posibilidad de progresar y construir una vida más digna para ellos y sus familias.

4- Las guerras mundiales 

Durante la primera mitad del siglo XX, Italia volvió a verse profundamente afectada por las dos guerras mundiales. Los conflictos, la destrucción, la pobreza y la inestabilidad económica volvieron a impulsar nuevas corrientes migratorias hacia otros países.


Por todas estas razones, en muchas familias italianas las conversaciones sobre la emigración se volvieron cada vez más frecuentes. Para muchos, había llegado el momento de abandonar su querida Italia en busca de un futuro mejor.

Una vez tomada la decisión, los emigrantes debían dirigirse inicialmente a las oficinas correspondientes para obtener la documentación y los permisos de embarcarque. Allí también podían recibir «manuales» o «guías» para emigrantes, publicaciones que comenzaron a difundirse especialmente a partir de la década de 1880 y que ofrecían una suerte de orientación práctica y consejos destinados a quienes se disponían a emprender el viaje.

Algunos de estos manuales fueron:

- Argentina, Uruguay, Paraguay. Guida per l’emigrazione, 1887 - Giuliano Corniani.

- Manuale pratico dell’emigrante all’Argentina, Uruguay e Brasile, 1889 - Casimiro Marro. 232 pág.

- Guida dell’emigrante italiano alla Repubblica Argentina, Firenze, 1901 - Giuseppe Ceppi. 92 pág.

- Manuale per l’emigrazione dall’Italia all’Argentina, Dante Alighieri, 1905 - Carlo Cerboni. 108 pág.

- Manuale dell’emigrante  italiano  all’Argentina, 1909 - Arrigo de Zettiry. 187 pág. 

Este último manueal fue patrocinado por la Comisión Real para la Emigración y, a través de sus siete capítulos, proporcionaba información legal sobre los documentos necesarios, asesoramiento práctico acerca de la vida a bordo del barco, descripciones de distintas regiones de Latinoamérica, información sobre la economía local y recomendaciones relacionadas con el ahorro y la adquisición de inmuebles. También incluía algunas lecciones útiles de español y advertencias sobre posibles estafas a las que los emigrantes podían verse expuestos.

La Argentina era presentada en sus páginas como una verdadera utopía agraria: mediante descripciones que exaltaban la inmensidad y la riqueza de sus territorios: "Es un lugar lleno de océanos de hierba, forestas tropicales, montañas de hielo… puertos y campos donde se pierde la imaginación y la vista o donde no hay vegetal imposible de cultivar".

Las guías destinadas a los emigrantes de aquella época, tanto del siglo XIX como comienzos del XX, hablaban de una "terra promessa" (tierra prometida), y destacaban las ventajas y posibilidades aparentemente ilimitadas que ofrecían los países de destino. Presentaban la colonización como una oportunidad concreta para acceder a la propiedad de la tierra y alcanzar una prosperidad que, en muchos casos, parecía estar al alcance de cualquiera.

Desde terrenos que podían adquirirse hasta las herramientas y animales necesarios para trabajarlos, todo era presentado como parte de una nueva vida posible. Estos relatos contribuyeron a alimentar el imaginario de quienes se encontraban en una situación vulnerable de pobreza o eran pequeños propietarios que aspiraban a comenzar de nuevo. 

Para muchos de aquellos hombres y mujeres, América aparecía entonces como una tierra prometida: un territorio inmenso, fértil y lleno de oportunidades. Era la imagen de un paisaje casi paradisíaco y de una tierra extraordinariamente rica, capaz de transformar la vida de quien estuviera dispuesto a cruzar el océano en busca de un futuro diferente.


Cartel publicitario de empresa Naviera sobre la colonización en Argentina

No viajaba el que quería, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar.

Se les exigía:

1. Ser preferentemente europeo.

2. Ser de sana y robusta complexión, exento de enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laboral presente o futura.

3. Asegurar que no viajaban a practicar la indigencia.

4. Declarar su religión

5. Viajar en segunda o tercera clase.

6. Residir en zonas determinadas.

7. Al arribar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa social.


    Una vez obtenido el permiso de embarque, llegaba el momento de dirigirse al puerto y comenzar el viaje que los llevaría hacia una nueva vida. Por la proximidad del Piamonte con la costa de Liguria, la gran mayoría de las familias COSTAMAGNA embarcaron en el puerto de Génova, mientras que sólo unas pocas lo hicieron desde Marsella, en Francia.

* "Las imágenes son sólo ilustrativas, mejoradas por mi autoría con photoshop e I.A. (Inteligencia Articial)".




Emigrantes aguardando en el puerto de Génova para embarcar



De este modo, cargados de ilusiones y esperanzas, preparaban sus maletas y baúles con las escasas posesiones que podían llevar consigo, apenas lo imprescindible para subsistir en aquel lugar tan lejano y desconocido.

Algunos decidían viajar solos, dejando a su familia en Italia con la promesa de que, si las cosas marchaban bien, les enviarían dinero para que pudieran reunirse nuevamente con ellos. Eran los llamados «biglietti di viaggio» (los boletos de llamada), mediante los cuales un emigrante ya establecido podía facilitar posteriormente el viaje de sus familiares.

Otros vendían sus propiedades o lo poco que poseían y emprendían el viaje acompañados por grupos de parientes. También estaban aquellos que partían con la ilusión de trabajar, ahorrar dinero y, tal vez algún día, regresar a su tierra natal.

Muchos italianos imaginaban encontrar al otro lado del océano un sinfín de riquezas. Venían, como se decía entonces, a «hacer la América».

...El amor por la Patria, por su identidad, ha empujado a muchos italianos a convertirse en emigrantes. Un emigrante que tiene sólo un arrepentimiento, el de morir lejos de su casa dice: "Muchos se engañan pensando que pueden usarnos para sus ganancias. Queremos una vida mejor. Queremos pan, pero también rosas, deseamos una vida serena, libre, sin ningún temor de decir SOY ITALIANO, y sentir fuerte la posesión de algo, empezando desde el alma. Vivir de lo que se ama y vivir de lo que siempre fue tuyo, tu Patria, así fue, así será siempre". 

Los datos correspondientes al período 1879-1890 indican que la principal región de procedencia de los italianos arribados a la Argentina fue el Piamonte, que representó aproximadamente el 22 % del total.

Era una época en la que numerosas personas emigraban en busca de un lugar que guardara alguna semejanza con su tierra natal, donde pudieran continuar realizando las labores que conocían. En el caso de los Costamagna, al igual que en buena parte de la población de las provincias de Cuneo y Torino, se trataba principalmente de campesinos, "contadini", profundamente arraigados a sus costumbres y a su fe.

Viajaban con la esperanza de encontrar un terreno donde poder trabajar y dedicarse a la labranza de aquellas tierras que, desde la distancia, imaginaban casi vírgenes y llenas de posibilidades. Tal vez alguien les había hablado de ellas, les había prometido oportunidades o simplemente había alimentado en ellos la ilusión de una vida diferente.

Diferentes oleadas de familias Costamagna eligieron emigrar principalmente hacia la Argentina; otras se dirigieron a Brasil, Uruguay, Chile, Perú, Estados Unidos y Canadá.

Sus lugares de origen se encontraban principalmente en distintas localidades de las actuales provincias italianas de Cuneo y Torino:

Cuneo: Alba, Barge, Bene Vagienna, Borgo San Dalmazzo, Bra, Busca, Cardè, Casalgrasso, Castellar, Cavallerleone, Cavallermaggiore, Centallo, Cervere, Cervignasco, Cherasco, Chivasso, Costigliole Saluzzo, Cuneo, Dogliani, Dronero, Envie, Fossano, Genola, Lagnasco, Levaldigi, Magliano Alpi, Manta, Monasterolo di Savigliano, Moncalieri, Mondovì, Moretta, Morozzo, Murello, Narzole, Paesana, Pagno, Racconigi, Revello, Rifreddo, Saluzzo, Sant'Albano Stura, Savigliano, Scarnafigi, Torre San Giorgio, Trinità, Venasca, Verzuolo, Villafalletto y Villanova Solaro.

Torino: Carmagnola, Cavour, Pinerolo, Torino y Villafranca Piemonte.


Eran tiempos de desarrollo de la industria naval y la Marina Mercante tampoco estaba exenta de abusos y engaños. Antes de embarcar, los emigrantes debían esperar días, e incluso semanas, compartiendo ese tiempo de incertidumbre con otros viajeros y enfrentándose a las dificultades y peligros que rodeaban a los puertos.

Estafadores, intermediarios, falsificadores y reclutadores merodeaban en busca de los ahorros que aquellos hombres y mujeres llevaban consigo, tanto en sus bolsillos como en sus equipajes. Los propios armadores de las compañías de navegación también recurrían a diferentes prácticas para reducir los costos del transporte.

Para la mayoría, el viaje significaba soportar condiciones extremadamente precarias. Viajaban hacinados, con alimentos de escasa calidad, espacios reducidos y deficientes condiciones de higiene y salubridad a bordo.

El equipaje se dividía en dos partes. El equipaje pesado era depositado en la bodega del buque, donde permanecería hasta el desembarco en la Argentina. El equipaje liviano, en cambio, quedaba junto al emigrante y contenía aquello que necesitaría durante la travesía.

Se les informaba que el barco realizaría escalas en lugares como Canarias, Cabo Verde o Cádiz para abastecerse de carbón. Durante estas operaciones, el polvillo y el hollín podían cubrir tanto la cubierta como las pertenencias y las ropas de los pasajeros, obligándolos a cambiarse durante el viaje.

Al embarcar, los pasajeros eran separados por sexo. A cada uno se le entregaba una contraseña o identificación correspondiente al número de su cucheta, ubicada en los grandes dormitorios destinados a los hombres, mientras que las mujeres y los niños ocupaban otros espacios.

Incluso los matrimonios debían dormir separados. Durante el día podían encontrarse en la cubierta del buque, donde se les aconsejaba observar los alrededores y elegir algún rincón en el que, más tarde, pudieran comer y pasar las largas horas de la travesía.
 

Desde la cubierta de tercera clase se podía ver a los inmigrantes amontonados, 
sentados en cajones, sillas y colchones de algodón enrollados.


Todo estaba reglamentado a bordo: los horarios para comer, dormir e higienizarse. Los inmigrantes sólo podían utilizar agua dulce para asearse una vez al día y dentro de un horario establecido. En la práctica, sin embargo, la mayoría de los pasajeros no tenía la posibilidad —o simplemente no hacía uso— del agua con demasiada frecuencia.

El viaje por el Atlántico era una experiencia dura, y no sólo para aquellos campesinos que jamás habían visto el mar. Los pasajeros de tercera clase debían soportar durante la travesía el constante ruido de los motores, el olor de las bodegas, la humedad de las camas, la escasa ventilación de los dormitorios, el frío, los mareos y el temor permanente a un posible naufragio.

A estas penurias se sumaba el riesgo de contraer enfermedades como el tifus, la viruela, la difteria y diversas afecciones broncopulmonares y gastrointestinales, estas últimas entre las principales causas de enfermedad y mortalidad infantil durante las travesías.

Y todavía quedaba una preocupación más: la incertidumbre sobre el destino. Después de haberlo dejado todo atrás y de haber cruzado el océano durante semanas, existía el temor de que finalmente pudieran ser desembarcados en un país diferente del que habían elegido como destino, lejos de aquello que habían imaginado encontrar al otro lado del Atlántico.




Inmigrantes en plena travesía por el Atlántico


Durante las tormentas, poco podían hacer los inmigrantes para enfrentar la furia del océano. Sólo les quedaba sentarse en el piso, aferrarse como podían, balancearse al compás de los movimientos del barco y rezar. En los momentos más difíciles de la travesía, algunas crónicas cuentan que, para calmar el miedo y darse ánimo, entonaban canciones y baladas populares como «Mamma mia, dammi cento lire». Aquellas voces compartidas les permitían, aunque fuera por unos instantes, aferrarse a la esperanza y recordar las razones que los habían llevado a emprender aquel viaje.

Mientras atravesaban el océano, quienes fallecían durante la travesía eran sepultados en el mar. La muerte en medio del océano y el entierro en sus aguas, lejos de las lágrimas, del abrazo y del consuelo de sus familiares, constituían quizás la máxima expresión de aquella angustia y del desarraigo que acompañaban al inmigrante.

Una mujer recordó de esta manera el dolor provocado por la muerte de su pequeña hija, de apenas un año y medio:

«Me la arrancaron de los brazos, la envolvieron con fuerza de pies a cabeza y le ataron una piedra grande al cuello; de noche, a las dos de la mañana, con esas olas tan negras, la tiraron al mar. Grité, grité que no quería alejarme de ella, quería ahogarme con mi pequeña... que no quería dejarla sola, pobre niña. Me detuvieron mientras la estaban tirando. Ese golpe sordo en el agua, no puedo olvidarlo».

Este relato me recuerda inevitablemente a una historia familiar que mi abuelo solía contar sobre su abuela, Maddalena Bergesio, quien viajaba hacia la Argentina junto a sus dos pequeñas hijas: Anna Maria Costamagna, de 2 años y 10 meses, y Anna Costamagna, de apenas 8 meses.

Según el relato transmitido en la familia, durante la travesía la niña mayor enfermó gravemente y finalmente falleció. En aquella época, ante la ausencia de medios adecuados para conservar los cuerpos durante una larga travesía y por temor a la propagación de enfermedades, su cuerpo habría sido arrojado al océano, donde encontró su última morada, lejos de su tierra natal y de aquellos que la amaban.


Reglamento para el desembarque de inmigrantes

    El 12 de Abril de 1872, con la firma del Presidente Domingo F. Sarmiento y los Ministros Dalmacio Vélez Sarsfield y Pedro Senillosa, se aprobó en todas sus partes, el "Reglamento para Desembarco de Inmigrantes", que consta de trece artículos:

Art. 1º - Son considerados inmigrantes todos los pasajeros de 3º clase que lleguen en buques a vapor y los de 2º y 3º que vengan en buques mixtos de vela.

Art. 2º - Un empleado de la Comisión pasará al mismo tiempo que la visita de Sanidad a bordo del buque recién llegado, para informarse de lo ocurrido durante el viaje; si ha habido enfermedades, fallecidos o nacimientos a bordo; si hay quejas de los inmigrantes contra el Capitán o Tripulación; sobre el trato a bordo; si conduce inválidos, inútiles por su edad avanzada o dementes, dicho empleado recibirá del Capitán del buque la lista de todos los pasajeros, con las clasificaciones de 1º, 2º y 3º clase, las que deberán expresar con claridad el nombre, sexo, nacionalidad y profesión de cada pasajero o inmigrante.

Art. 3º - El empleado de la Comisión en posesión de las listas entregadas por el Capitán, tomará conocimiento de los que fuesen pasajeros o inmigrantes, instruyendo a éstos últimos de las franquicias que la Comisión les acuerda, y entregará a los que lo soliciten un boleto impreso que llevará una numeración correlativa, y que será sellado por la comisión. Este boleto servirá para que el inmigrante pueda desembarcar gratis en cualquiera de las embarcaciones que la Comisión tenga contratadas al efecto.

Art. 4º - El dueño o patrón de cualquiera embarcación, que desembarque inmigrantes y les exija otra remuneración que el boleto de desembarco de la Comisión, será multado por la Capitanía del Puerto con 500 moneda corriente por cada vez, debiendo devolver a los inmigrantes el dinero que les hubiese cargado indebidamente.

Art. 5º - Queda prohibido a los dueños o patrones de embarcaciones del Puerto atracar ni ponerse al habla de ninguno de los buques que con procedencia de ultramar trajesen a bordo inmigrantes hasta que haya pasado la visita de Sanidad, y de la Comisión Central de Inmigración, bajo la pena de 500 pesos moneda corriente de multa por cada vez.

Art. 6º - Los inmigrantes que a bordo declaren al empleado de la Comisión que desean dirigirse a Puertos argentinos del Paraná o Uruguay serán trasbordados y dirigidos a cualquiera de esos Puertos, por cuenta de la Comisión, siempre que sea posible, y de lo contrario serán desembarcados y recibidos en el Asilo.

Art. 7º - Todo inmigrante desembarcado por su propia cuenta, o por cuenta de la Comisión, tiene obligación de presentarse dentro de las 48 horas de su llegada, a la Oficina de ésta para ser inscripto en los Registros con las anotaciones necesarias, a fin de poder controlar mejor la distribución que se haga a bordo de los boletos de desembarco, y a los efectos del favor que les acuerda el Art. 9º.

Art. 8º - El inmigrante que desee internarse en la provincia de Buenos Aires, recibirá de la Comisión un boleto para cualquier estación de las líneas de los ferrocarriles del Oeste o Sud que sólo valdrá por dos días desde el de su fecha.

Art. 9º - Todo inmigrante que desembarcado en este Puerto con la idea de fijarse en Buenos Aires o su campaña, no encontrará ocupación y deseará dirigirse a las provincias, podrá concurrir a la Comisión hasta quince días después de su llegada, y se le acordará pasaje gratuito para cualquiera de los Puertos argentinos del Paraná o Uruguay, siendo dé cuenta de él su conducción y la de su equipaje hasta a bordo del buque o la estación del ferrocarril.

Art. 10º - El inmigrante que no hubiese sido inscrito en el Registro de la Comisión, no tendrá derecho a exigir ninguna de las franquicias acordadas en los Art. 8º y 9º.

Art. 11º - Este Reglamento se imprimirá en varios idiomas y se mandará a los Cónsules Argentinos, para que ellos entreguen a los Capitanes de buque, al momento de despachar sus papeles, un cierto número de ejemplares, debiendo constar en los despachos del buque que conduce inmigrantes, que el Capitán tiene conocimiento de éste Reglamento, y que tiene la obligación de fijarlo en varios puntos de su buque a la vista de todo pasajero.

Art. 12º - El Capitán contraventor será multado en la suma de doscientos pesos fuertes que será aplicada por la Capitanía del Puerto y entregados en la Tesorería General de la Nación.

Art. 13º - Este Reglamento se pondrá en vigencia a los seis meses de la fecha de su aprobación.



El desembarco en el Puerto de Buenos Aires

Los inmigrantes que llegaban a nuestras costas del Río de la Plata seguramente se sorprendían ante la particular forma en que debían abandonar sus buques para llegar hasta tierra firme. Desde las embarcaciones, la ciudad de Buenos Aires podía resultar difícil de distinguir, debido a la escasa altura de su costa y a la particular geografía de la ribera. Pero alcanzar tierra firme tampoco era una tarea sencilla.

El procedimiento de desembarco comenzaba con el abordaje de una junta de visita, que subía a cada barco a su llegada al puerto con el propósito de verificar la documentación exigida a los inmigrantes y comprobar que cumplieran con las disposiciones establecidas. Una vez realizados los controles correspondientes, se autorizaba —o no— el desembarco de los pasajeros.

Esta versión mantiene tu idea original, pero además deja preparado el relato para continuar explicando cómo se realizaba físicamente el desembarco desde los grandes buques hasta la costa, que es justamente el aspecto que resulta más llamativo de este pasaje.


Comisión Central de Inmigración - controles antes del desembarco

    
El control sanitario y los procedimientos de ingreso


El control sanitario también se realizaba a bordo y estaba a cargo de un médico designado específicamente para esa tarea. La legislación vigente prohibía el ingreso de inmigrantes afectados por enfermedades contagiosas, así como de personas consideradas inválidas, dementes, entre otras condiciones contempladas por las normas de la época.

Hasta fines del siglo XIX, el procedimiento utilizado para desembarcar a los pasajeros que llegaban al puerto de Buenos Aires se desarrollaba en dos etapas.

La primera tenía lugar desde el buque llegado de ultramar, que permanecía anclado en aguas más profundas. Desde allí, los pasajeros eran trasladados hasta la costa mediante una pequeña embarcación denominada «ballenera», provista de una vela.

La segunda etapa se realizaba mediante un particular vehículo destinado a completar el trayecto hasta tierra firme: un carro de altas ruedas, con piso de tablas y costados construidos con cañas. Era tirado por uno o más caballos criollos, animales de gran porte y extraordinaria fuerza, capaces de avanzar por las aguas poco profundas y el terreno irregular de la ribera.

Los inmigrantes subían al carro y permanecían de pie durante el trayecto, mientras éste avanzaba lentamente hacia la orilla. De este modo, después de haber atravesado el Atlántico durante semanas, aquel singular recorrido constituía finalmente su último tramo antes de pisar tierra argentina.

Esta última frase me parece especialmente útil porque cierra el episodio del viaje marítimo y abre naturalmente el siguiente: el momento en que el inmigrante, después de todo lo que atravesó, finalmente llega a Buenos Aires.


Puerto de Buenos Aires, a la izquierda Hotel de Inmigrantes.

Barcas "balleneras", que llegaban hasta el buque para el traslado de los inmigrantes 


    
El Hotel de Inmigrantes


Tras arribar a tierra firme, los inmigrantes debían cumplir todavía algunos trámites antes de poder pisar libremente suelo argentino. En la Aduana se registraban sus principales datos: apellido y nombre, nacionalidad, estado civil, edad al momento de la llegada, profesión, puerto de embarque y fecha de arribo. También se realizaba la revisión de los equipajes en uno de los galpones del desembarcadero destinados específicamente a ese fin.

Cumplidos estos procedimientos, los recién llegados eran conducidos al "Hotel de Inmigrantes", que se convertiría en su primer refugio en la nueva tierra y, para muchos, en el único alojamiento inmediato después de la larga travesía. Tras aproximadamente un mes de navegación en condiciones normales, aquel lugar podía representar un verdadero oasis: allí encontraban alojamiento y recibían gratuitamente un plato de comida durante cinco días, plazo que podía extenderse cuando las circunstancias así lo requerían.

Algunos inmigrantes, sin embargo, llegaban con un destino perfectamente definido. Traían consigo la dirección de algún pariente o amigo procedente de su mismo pueblo de origen, quien les había prometido trabajo y un lugar donde vivir. Para ellos, el Hotel era apenas una breve escala antes de continuar hacia el lugar donde comenzarían su nueva vida.

A lo largo de los años, el Hotel de Inmigrantes ocupó diferentes edificios:

1er.  Edificio: años 1857-1874 (Actual Estación Retiro).

2do. Edificio: años 1881-1888 (Actual Centro Argentino de Ingenieros).

3er.  Edificio: años 1888-1911 "Hotel Rotondo", por su planta circular, polígono de 16 lados (Actual andén 8 del Ferrocarril Bartolomé Mitre).

4to.  Edificio: entre 1908 y 1911 se inauguró el definitivo y último Hotel de Inmigrantes.


Hacia la pampa gringa


Ya instalados en el nuevo continente, durante las décadas de 1880 y1890, diferentes familias Costamagna se establecieron preferentemente en los asentamientos agrícolas del centro-oeste de la provincia de Santa Fe y del este de Córdoba, dentro de la extensa región conocida como la "pampa gringa".

Para llegar hasta aquellas tierras, una de las vías más rápidas continuaba siendo el transporte fluvial. Desde el puerto de Buenos Aires podían embarcar nuevamente y remontar el río Paraná hasta el puerto de Rosario, o continuar navegando hasta el puerto de Santa Fe, desde donde posteriormente se distribuían hacia los diferentes pueblos y colonias.

Con el tiempo, a estas vías de comunicación se sumaría el ferrocarril, que transformaría profundamente las posibilidades de desplazamiento hacia el interior. Las obras de la línea Rosario-Córdoba —que comunicaba dos de las principales ciudades del interior argentino y atravesaba la región pampeana— quedaron concluidas en 1884. Posteriormente, el tendido ferroviario se extendió hacia otras zonas, entre ellas la línea Rosario-Sunchales.

La expansión de la red continuó durante las décadas siguientes y muchas de sus líneas fueron construidas entre 1890 y 1912. El éxito alcanzado por los primeros ferrocarriles llevó a la provincia de Santa Fe, en 1889, a impulsar una ampliación de su red ferroviaria, con el propósito de vincular las nuevas colonias agrícolas con el puerto de Santa Fe.


El desarrollo de las colonias agrícolas


Durante buena parte del siglo XIX, la provincia de Santa Fe estaba caracterizada por extensas llanuras escasamente cultivadas, con pocos centros poblados. La expansión de la frontera y los conflictos con las poblaciones indígenas condicionaban el avance hacia el norte, mientras que desde otras regiones llegaban nuevos pobladores en busca de tierras y oportunidades.

Fue precisamente en Santa Fe donde, entre 1856 y 1890, se fundaron algunas de las primeras colonias agrícolas organizadas del país, pobladas en gran medida por inmigrantes europeos, especialmente italianos.

Aquellas colonias transformarían profundamente el paisaje y la economía de la provincia. Las condiciones climáticas favorables, la disponibilidad de tierras y las políticas impulsadas por las autoridades provinciales favorecieron el desarrollo de una agricultura cada vez más productiva.

Con el paso de los años, Santa Fe se convirtió en uno de los principales centros cerealistas de la Argentina, hasta recibir el significativo apelativo de «emporio del cereal».

Para muchas familias Costamagna, aquel paisaje de extensas llanuras representaba finalmente la posibilidad que habían buscado desde el otro lado del océano: una tierra donde trabajar, echar raíces y construir un nuevo hogar.


Pueblos de la pampa gringa
Fuente: Orlando Gaido, L’America Latina è anche piemontese, Moncalieri, IPAICC, 19.


Primeros asentamientos de las familias Costamagna:

Santa Fe:

● Censo provincial de Santa Fe, año 1887:

Ataliva, Lehmann, Pilar, Nuevo Torino, Irigoyen, Rafaela, Gálvez, Susana, Saguier, Aurelia, San Carlos Centro, General Roca, María Luisa, Armstrong, Coronda, La Capital.

● Censo Nacional Argentino, año 1895:

Providencia, Santa Clara de Buena Vista, San Vicente, San Martín de las Escobas, Sarmiento, San Jorge, Carlos Pellegrini, Ceres, Ripamonti, Monigotes, San Agustín, Margarita, Angélica, El Trébol, María Juana, José Nudo, San Martín, Rosario, San Jerónimo.

● Nacimientos y Matrimonios registrados a principios de siglo:

Casilda, Venado Tuerto, Cañada de Gómez, San José de la Esquina, Villa Cañás.

Córdoba: 

● Censo Nacional Argentino, año 1895:

San Francisco, Morteros, Libertad, Villa María, Bell Ville, General Roca, Juárez Celman.

● Nacimientos y Matrimonios registrados a principios de siglo:

Leones, La Carlota, Río Cuarto, Marcos Juárez, Villa Nueva, Villa del Rosario, James Craik.


También hubieron oleadas de familias que se radicaron en las provincias de:

Buenos Aires:

Capital Federal, Capitán Sarmiento, Arrecifes, Chivilcoy, Chacabuco.

La Pampa: Intendente Alvear.

(ver Distribución geográfica del apellido - Ubicación actual del apellido Costamagna en Argentina).




Movimiento Migratorio hacia Argentina de las familias COSTAMAGNA - Datos Estadísticos:

C.E.M.L.A. (Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos)

• Nota: Solamente están registradas las entradas de pasajeros que ingresaron al Puerto de Buenos Aires vía ultramar. Aquellas personas que entraron por vía fluvial a Rosario, Santa Fe u otros Puertos no existen archivos.


- Embarcaciones en que viajaron: (período entre los años 1882-1937)

Alsina - Amedeo - Ammiraglio Bettolo - Anna C - Andes - Aquitaine - Argentina - Arlanza - Attivita - Belvedere - Bologna - Brasil - Bretagne - Britannia - Cabo de Buena Esperanza - Campana - Centro América - Città di Genova - Città di Milano - Ciudad de Regio - Comodoro Rivadavia - Congo - Conte Biancamano - Conte Grande - Conte Verde - Córdoba - Duca degli Abruzzi - Duca di Galliera - Ducchesa di Genova - Duilio - Espagne - Europa - Florida - F. Morosini - Formosa - Garibaldi - Giulio Cesare - Hamburg - Indiana - Italia - Italie - Kerguelen - La Blanca - La France - Lassel - Lazio - Les Andes - Libian - Liguria - Lombardia - Luisiana - Matteo Bruzzo - Mendoza - Napoli - Neptunia - Nord América - Oceania - Orion - Orione - Palermo - Pampa - Paraná - Perseo - Pincio - Plata - Portugal - Principe di Udine - Principessa Giovanna - Pssa. Mafalda - Re Umberto - Re Vittorio - Regina Elena - Regina Margherita - Río Plata - Sebastiano Gaboto - Sicilia - Siena - Sirio - Southern Cross - Sud América - Tomaso di Savoia - Toscana - Tucumán - Umbria - Valdivia - Virginia - Vittoria. 





      Resumen - Inmigración  Costamagna - video (homenaje).